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HÁBLAME DE DIOS CON TU VIDA

Dicen que Annik de Souzenelle es el autor de la anécdota que me contaron y pienso esa anécdota podría introducir brevemente el tema de la vida religiosa. Una mujercita de tres años oye a su alrededor a alguien que habla de la presencia de Dios en la vida de su hermanito recién nacido y bautizado. Al regresar de la ceremonia, pide que se la deje sola con el bebé. Las padres vacilan... Ella insiste. Le dan permiso entrar en el cuarto pero los padres cierran la puerta y le tienen al ojo .... Perciben la voz de Annik que dice al hermanito : “Háblame de Dios; lo estoy olvidando!.” El ruego de la hermanita, es el mismo de cada uno de nosotros, es lo que pedimos implícitamente a nuestra comunidad de fe, a nuestra Iglesia cuando participamos de una celebración : la eucaristía dominical, los funerales, un matrimonio, un bautizo, un retiro parroquial. Y corro el riesgo de afirmar que el corazón de la vida religiosa reside allí como una de las mejores maneras de nombrar a Dios abiertamente, en una sociedad que bien poco nos ayuda a recordar a Dios.
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