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Sin me no pueden hacer nada

Ella es valiente, la pequeña Annette, sí, muy valiente. Sentada cerca de su papá, con las manos agarradas al pesado remo, ella lo jala, jala tanto como puede y, cosa maravillosa, la barca de pesca, puesta en movimiento por un empujón vigoroso, se desliza entre las aguas durmientes. Annette está contenta. Ella se siente acariciada por la mirada afectuosa de su padre, y para agradecerle, ella rema, rema siempre, casi sin dudar que los rudos puños del “viejo lobo de mar” hacen todo el trabajo. ¿ Por qué no compartiríamos la felicidad de la pequeña Annette? Envueltos, a cada instante, por la mirada acariciadora de la Providencia, rememos sin cesar, en el surco que nos ha sido trazado. El Buen Maestro no pide el éxito, ni las grandes obras, sino un corazón amante, animado de buena voluntad: es todo lo que Él espera. En los trabajos, en las penas que se encuentran en la ruta, Él siempre asume la mayor parte; y su alegría, es prepararnos magníficas recompensas, como si hubiéramos estado solos remando.
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