Meditación y oraciones

CAMINO DE LA CRUZ


   

 Un camino que empieza con la condena al fin a la muerte. Toda vida camina hacia la muerte. Lo importante es llenar el tiempo de vida, que la muerte nos encuentre vivos, no ya medio muertos. Jesús está en plenitud de vida. La plenitud de vida implica saber jugársela por llevar a cabo lo que Dios quiere de nosotros, que es dar la vida por los demás, sentirnos vivos cuando ofrecemos vida. El camino de la cruz de Jesús es el camino doloroso, pero, en débil fuerza física, con el vigor de la fidelidad a su Padre y el amor a los suyos y a la verdad, pase lo que pase. Jesús camino del Gólgota es referencia que entra por nuestros ojos para nuestra vida. Sigámosle.

Jesús había dicho que seguirle es cargar con la cruz. Nuestra vida comprometida como cristiana es asumir sus dificultades. Si no lo hacemos a alguien estamos traicionando: a quien espera ayuda de nosotros, a Dios que nos da la vida, sobre todo a nosotros mismos: vivir sin tener que superar dificultades no es vivir humanamente, es dormir, salir de sí mismo, dejar de ser lo que es. Una ilusión engañosa que atenta contra la verdad de lo que somos. Llamada al fracaso.

Así se ha imaginado el pueblo cristiano el camino de Cristo hacia el Calvario: cayendo y volviéndose a levantar. La cruz en algún momento le puede parece más fuerte que él. Pero siempre se levanta. ¿No nos pasa a nosotros que a veces que la vida vivida en cristiano, o la simple vida con sus cruces nos parece que nos aplasta? ¿Nos encontramos con recursos, acudimos a Dios, a los demás para levantarnos y seguir? Dios se ofrece a ayudar: la oración, los sacramentos, volver a la lectura del evangelio…

No podríamos entender los últimos momentos de Jesús, los más duros de su vida estando ausente María. Juan la sitúa cuando Cristo está ya en el Calvario, pero la sensibilidad cristiana a lo largo de los tiempos la presenta encontrándose con Jesús en el camino a la cruz. Hemos de sentir la presencia de María en nuestro caminar: cuando es fácil para sentir su compañía de hermana, y cuando las cosas se tuercen para sentirla madre. Ella ha sabido de dolor, sintió el de su hijo, desde ese sentimiento nos acompaña en los momentos duros, sintámosla cerca.

Si no fuera porque los textos evangélicos nos lo señalan la tradición cristiana no hubiera creado esta estación como sí lo hizo con las de las caídas o la verónica o el encuentro con su madre aunque los evangelios no nos dicen nada de ello. No podríamos imaginar que Jesús iba a encontrar una mano amiga –aunque obligada- en medio de tanto enemigo. Pero existió el cirineo. Y su presencia es una llamada a nosotros para actuar como espalda que ayude a llevar el peso de los demás y como esperanza de que siempre existe alguien que puede echarnos una mano. Siempre hay algún cirineo en nuestra vida.

Los fieles cristianos necesitaban una genuina representación del rostro de Jesús y por eso generaron la leyenda de que una mujer se acercó a él le enjugó el rostro y quedó grabado para siempre. “Tu rostro buscaré Señor, no me ocultes tu rostro” reza el salmista. Estar ante el rostro es tener a la vista la persona. Los que vieron a Cristo resucitado no vieron un rostro reconocible, el previo a la muerte: se dio a conocer con una palabra “María”, con un gesto, compartir el pan o pescar donde no habían pescado o enseñando sus llagas. El rostro que permanecerá será el de Cristo torturado fatigado, rendido bajo la cruz y el dolor en el velo de la verónica, gracias al gesto amoroso de piedad de una mujer desconocida, llevada por el amor, la compasión. El gesto de la verónica nos lleva a reflexionar si de nosotros surge la actitud de enjugar tantos rostros ensangrentados donde hemos de ver el de Jesús. ¿Establecemos distancias respecto al dolor ajeno o nos acercamos a él para enjugarlo, aliviarlo y hacerlo nuestro?

Jesús caído de nuevo, según lo ve la tradición cristiana, manifiesta la debilidad de su condición humana que oculta la grandeza de su decisión de ser fiel hasta el fin “no se haga mi voluntad sino la tuya, dijo al Padre en la oración en el Huerto. La reiteración en la caída pertenece a nuestra historia. Recaída en el pecado, también la reiteración en la tristeza, el cansancio, la falta de entusiasmo por llevar la cruz de la vida. Sucede cuando no vemos más que la cruz, no vemos que es camino a la luz, a la salvación, a la verdad. La caída una vez más no ha de ser razón para abandonar, sino conciencia de que necesitamos ayuda de Dios y de los demás; de la oración, de los sacramentos, de la Palabra de Dios, de la comunidad.

Meditaciones para el Viacrucis, por fr. Juan José de León Lastra

Camino de la cruz - segunda parte